La información debió salir de un documental sobre el África negra, supongo, pero yo, tierno infante incapaz de racionalizar la distancia que me separaba del hábitat cotidiano de la mosca, sentí cada noche su amenaza antes de dormir, adoptando la costumbre taparme las orejas como única manera de poder conciliar el sueño.
Así hasta hoy. En invierno no hay problema porque agradezco sumergirme en el edredón sin asomar un solo pelo, pero en verano la cosa se complica: lo que hago es apoyar una oreja en la almohada y la otra me la tapo cuidadosamente con un mechón de pelo (a modo cortinilla).
Se lo confesé a mi hermana hace un año. Hasta entonces lo viví en silencio. Como las hemorroides. Por favor, decidme que vosotros también tenéis paranoias parecidas. Hacedme sentir parte de un grupo.



